Nuestro Padre Jesús de la Columna

Sin duda una de las imágenes lucentinas que mejor y más completamente ha de incluirse en el patrimonio histórico-artístico es la de Nuestro Padre Jesús Amarrado a la Columna, procedente de la extinta cofradía de la Veracruz, la más antigua de las corporaciones pasionistas lucentinas creadas a raíz del concilio de Trento, institución creada a mediados del siglo XVI, datándose la imagen del Amarrado en 1674-1675.

1675 es el año en que el desdichado monarca Carlos II, fruto de la no menos desdichada endogamia de su padre y de la sobrina de éste, alcanza sus catorce años y con ellos la mayoría de edad y la capacidad para gobernar.

Lucena, ciudad del señorío de los Comares y concretamente por entonces del que ostentaba desde cinco años antes doña Catalina Antonia de Aragón Folc de Cardona, recibe este año para su cofradía de la santa Veracruz la imagen «de cuerpo entero en madera de cedro» de Cristo Nuestro Señor Amarrado a la Columna. Procedía del taller sevillano de Pedro Roldán y Onieva, en el barrio de san Juan de la Palma. La obra le fue pagada al insigne imaginero en dos plazos. El 11 de abril, jueves santo de aquel año, parece ser que recorrió este Cristo por primera vez, bajo palio negro y sobre andas de camilla del mismo color, las calles de Lucena, sobres hombros de seis «santeros» con almohadillas de lanilla negra y con horquillas preparadas por el cerrajero Diego Rodríguez. Juan Gómez, por 10 reales, tocaba el «torralbo», instrumento procedente en su materia del Puerto de Santa María y por el que se habían pagado 100 reales. En la procesión intervino la capilla de música de San Mateo, por 100 reales, bajo la dirección del licenciado don Cristóbal Recio Negrales, arpista. En la procesión participaban hermanos disciplinantes con jubones y capirotes blancos, junto con hermanos de luz que portaban hachas con cera amarilla procedente de la villa de Chillón, perteneciente también al marquesado de Comares, y con cera blanca, proveniente del Puerto de Santa María. También alumbraban  clérigos con velas. 

En el cortejo, y junto a la trompeta («torralbo») que lo abría, figuraría el estandarte  verde e inmediatamente detrás la Santa Cruz «de cedro, redonda, de tres varas y media de alto, con sus gajos imitados de tronco» pintada por nuestro Bernabé Jiménez de Illescas «de color verde, imitándola de tronco tosco, y los clavos y rótulos con sus colores». (Esta es la cruz de la actual alegoría de la santa Fe). Esta cruz, obra del escultor porteño Pedro de Moraga, la portaban sacerdotes, de seguro alternándose y llevando introducido  el extremo inferior de ella en un carcaj. Flanqueando esta cruz, dos ciriales de madera de naranjo torneados y «dados de color verde, y con perfiles y caños dados de oro de bruñido» por el citado Illescas, quien encarnó el Cristo de la Columna.

Aquel jueves santo debió de sacar la cofradía  el Sagrado Lavatorio, el Señor de la Columna, quizá el Señor entre los ladrones y Nuestra Señora, vestida de negro.

La cofradía había vendido por 700 reales en fecha reciente al vecino de Espejo -también del señorío de Comares-  Juan de Luque Serrano, un Cristo de la Columna, «por ser muy viejo y pequeño y no salir en la procesión y haberse hecho otro más grande».

Consta que el jueves santo de 1676, 2 de abril, doce sacerdotes acompañaron con sus hachas al Señor de la Columna.

En los encargos imagineros que la cofradía lucentina de la santa Veracruz efectuó en el último cuarto del Seiscientos (Amarrado,  Sagrado Lavatorio, Jesús Preso) están, sin duda, presentes las disposiciones del obispo don Francisco de Alarcón y Covarrubias, en las  que se prohibía la hechura de nuevas imágenes  de barro, de cartón, etc. Precisamente el obispo Alarcón falleció en 1675, por lo que en las cuentas donde se data la hechura del Señor de la Columna se nos habla de sede episcopal vacante.

El gran artífice de todas las modificaciones habidas en 1675 y fechas inmediatas en la cofradía lucentina de la santa Veracruz fue, sin duda, su hermano mayor don Luis de Guzmán Pérez de Soto y Ávila, contador mayor del estado de Comares con residencia en el castillo-palacio del Moral. Eran  sus señores la antecitada doña Catalina Antonia, VII marquesa de Comares y don Juan Francisco de la Cerda y Énriquez de  Ribera, VIII duque de Medinaceli, quien desde 1680 hasta 1685 fue primer ministro de Carlos II.

De documentación que se conserva en el Archivo Parroquial de San Mateo de Lucena y concretamente de las cuentas de la cofradía de la Veracruz dadas por Francisco Fernández de Burgos y aprobadas por don Marco Antonio de Amaya, visitador general del Obispado de Córdoba, el 26 de octubre de 1675, se transcribe de su data:

“Más se le reciben en cuenta dos mil setecientos y cincuenta reales que pagó a Pedro Roldán, maestro de escultor, vecino de Sevilla, por los mismos en que se concertó con el susodicho la hechura de Cristo Nuestro Señor amarrado a la Columna, de cuerpo entero en madera de cedro, como parece por dos recibos que dio el dicho Pedro Roldán y la dicha hechura está en la ermita de la Veracruz que se saca el Jueves Santo.

Más se le reciben en cuenta ciento y cuarenta y nueve reales por los mismos que pagó al dicho Pedro Roldán por una caja de madera que se hizo para traer la hechura arriba referida y de pagar a Luis García, carretero, la traedura.

Más se le reciben en cuenta mil y doscientos reales que pagó a Bernabé Xímenez, pintor, vecino de esta ciudad, por encarnar la dicha hechura”.

Pedro Roldán (1624-1699) es la figura máxima de la escuela sevillana durante la segunda mitad del seiscientos. Poseedor de un profundo conocimiento de la anatomía humana, en su producción escultórica se combinan de manera genial el realismo, la expresividad y el movimiento, al mismo tiempo que no se pierde en ningún momento el sentido clásico de las formas. Según los profesores González Gómez y Roda Peña, el valor esencial de la producción roldaniana estriba en la creación de un lenguaje artístico, de una forma de decir, que se convirtió en norma de la escultura de su tiempo. En su obra, Roldán continuó la tradición de los artistas imagineros precedentes, en cuanto al puntual conocimiento de los distintos tormentos padecidos por Jesús Nazareno que las distintas fuentes recogen, consecuencia de la directa observación realista, mas sin matices escabrosos. Se ha dicho que Roldán sintetiza como nadie la fuerza expresiva de las formas con la capacidad de transmitir emociones. 

Roldán fue el fundador de una dinastía de creadores artísticos de gran actividad durante todo el siglo XVIII. Por su dimensión, no sólo como escultor sino como personaje de enorme influencia en el arte sevillano de la época, ha sido definido por Teodoro Falcón como “maestro de maestros”.

Pedro Roldán representa, como afirma el profesor Bernales Ballesteros, el momento cumbre de la la gran escuela hispalense y con él muere, sin duda alguna, la brillante época de afamados maestros; luego vendrán –sigue diciendo Bernales- otros artistas, a veces geniales, pero serán individualidades aisladas, inconexas, en absoluto exponentes de una coherente armonía plástica, como fue, en cambio, la labor de los días del XVII.

 

Dentro de la periodización establecida por el propio profesor Bernales para la obra de Roldán, el Amarrado de la Veracruz de Lucena se ha de incluir en el período de madurez (1665-1675), al que pertenecen también sus trabajos del retablo sevillano de la Caridad y otro buen número de obras altamente valoradas. En un encuadre cronológico efectuado anteriormente por el profesor Hernández Diaz de la obra del imaginero hispalense, el Amarrado lucentino pertenece al momento culminante de la etapa llamada por este experto “período de los lustros magistrales” (1660-1675). Como puede observarse, tanto en un caso como en el otro, esta imagen de la flagelación de Cristo se adscribe a los mejores momentos de la creación roldaniana.

Esta obra imaginera, en consecuencia con su valor artístico, ha sido siempre unánimemente elogiada por quienes la han contemplado. A finales del siglo XVIII, el historiador y sacerdote lucentino Fernando Ramírez de Luque se refiere a ella como “la grande efigie de Jesús de la columna”, y su epígono Lucas Rodríguez Lara, también sacerdote y párroco de Santiago de Lucena, la califica a finales del siglo XIX  de “magnífica”. En 1911 nos encontramos referencias en la prensa local a esta imagen del siguiente tenor: “La hermosísima imagen es con justicia, entre las muchas y muy buenas que en Lucena existen la más admirada por cuantos artistas la han contemplado”. En 1916, la clásica Enciclopedia Espasa- Calpe nos habla de “la preciosa imagen de la Flagelación, de indiscutible mérito artístico”, siendo la única representación escultórica lucentina de tema pasionista que figura reseñada en esta obra.

Esta representación iconográfica del Señor Amarrado, como han puesto de manifiesto prestigiosos especialistas en imaginería andaluza, presenta la novedad histórica de situar la columna tras la propia efigie, lo que determina que Jesús aparezca con las manos atadas a la espalda. Esta fórmula que Roldán aplica a la escultura sigue el modelo que el flamenco afincado en Sevilla Cornelio Schut llevó a cabo en el grabado.

Para Villar Movellán esta representación iconográfica del Amarrado es la obra culminante de la imaginería pasionista lucentina, mientras que Roda Peña considera que se trata de una de las obras más sobresalientes salidas de la gubia del maestro sevillano. Dobado Fernández opina que “la imagen del Cristo amarrado a la columna es una de las principales joyas del patrimonio escultórico lucentino y de la provincia (…) El tratamiento anatómico es magistral”. Por su parte Juan Manuel Miñarro, autor de las figuras que desde 2003 completan, muy adecuadamente a juicio de este cronista, la escenografía del Amarrado lucentino para su procesión del jueves santo, opina que el Cristo de la Columna de Lucena “no tiene parangón, es una de las esculturas de esta iconografía más logradas que conozco. Es una obra ejemplar en todos los sentidos, perfecto exponente del equilibrio entre lo puramente anatómico y lo espiritual”. El profesor Sánchez López escribe a propósito de la iconografía de la flagelación de Cristo: “Otras esculturas permiten al escultor recrearse en la silueta sinuosa del desnudo, subrayando paralelamente su atlética complexión y la cadencia volumétrica inherente al vigoroso adelantamiento del tronco, Así sucede en el soberbio Cristo Amarrado a la Columna (…) de la hermandad radicada en la parroquia lucentina de Santiago”.

 Cuando a finales de los años noventa del siglo pasado se estaba preparando el tomo correspondiente a la Subbética de la enciclopedia La Pasión de Córdoba, dirigida por los profesores Aranda Doncel y Villar Movellán, este cronista, autor en la obra citada de la parte histórica de la conmemoración pasionista lucentina, propuso a los responsables de la empresa editorial que la imagen del Amarrado lucentino, por su enorme calidad histórico-artística, fuese la que sirviese de ilustración a la sobrecubierta del mencionado tomo. A pesar de la gran cantidad de obras maestras que atesora la imaginería de esta zona de la provincia de Córdoba, la propuesta fue aceptada por la singularidad y la alta valoración de esta talla en nuestra comarca y fuera de ella.  Igualmente en el volumen de la obra sobre semana santa andaluza citado en la nota 16 aparece en su portadilla y lomo de sobrecubierta una reproducción del Cristo flagelado del templo lucentino de Santiago.

 Es necesario señalar asimismo que otra imagen del patrimonio artístico-cofradiero local es obra de Pedro Roldán, según recoge Ramírez de Luque. Nos estamos refiriendo al Jesús Preso, de la antigua Cofradía de la Pasión, establecida en la iglesia franciscana de Madre de Dios. Esta talla, de gran calidad artística y perfectamente atribuible al maestro sevillano, se encuentra hoy, al parecer, en Málaga.

Luis Fernando Palma Robles.

La llegada a Lucena de Ntro. Padre Jesús Amarrado a la Columna

 DEL TESTAMENTO DE PEDRO ROLDÁN A LA ICONOGRAFÍA DEL AMARRADO A LA COLUMNA”

Corrían los primeros y tórridos días de agosto de 1699 en  una Sevilla decadente en lo económico y lo artístico, diezmada  a partir de mitad de siglo por las  epidemias de peste, cuando murió el artista Pedro Roldán Onieva. Tenía setenta y cinco años de edad.  Con él se iba el último de los grandes imagineros del barroco, quien supo conjugar en su obra – y es muy evidente en nuestro Amarrado a la Columna- la  belleza y perfección anatómica con  el efecto que reclamaba la creación de una imagen  para impresionar o sorprender a los devotos en la propia calle. Tal vez la imagen anterior, de tamaño más pequeño,  que fue vendida a un vecino de Espejo al adquirir la  cofradía ésta de Roldán, no realizaba  la catequesis visual acorde con los principios de Trento.

Unos días antes de este suceso, en treinta de julio, seguro que la muerte lo  esperaba no demasiado tarde, encomendó su alma a Dios y suplicó que “la perdone y lleve a el descanso de su gloria para donde fue creada y quando me acaeziere  finamiento mi cuerpo sea sepultado en  mi parroquia y el dia de mi entierro si fuere ora para selebrar se diga por mi alma una misa de requiem cantada ofrendada como es costumbre”.

En su testamento, aparte de otras consideraciones, declaró que se había casado con  Teresa de Jesús  Mena Villavicencio, sobrina de Alonso de Mena, su primer maestro en la ciudad  de la Alhambra antes de volver a la capital hispalense, donde realizaría un aprendizaje y acercamiento a los rasgos propios de la escuela de Martínez Montañés.

 

Fruto de ese matrimonio vivían dos hijos y seis hijas, a los que – textualmente cita Roldán – “dexo y nombro por mis herederos  universales en todos mis bienes deudas y acsiones y otras cosas que me pertenecieren a el tiempo de mi fallecimiento…para que los ayan y hereden con  la vendicion de Dios y la mia”.

 Nada de extraordinario. Tan sólo que los bienes, aunque cuantiosos, no permitían más que su extensa prole, junto con sus respectivos cónyuges, casi todos oficiales o aprendices de su oficio, viviesen desahogadamente en sus casas propias y siguiesen trabajando en  el gran taller que él había instalado en la collación de San Marcos a partir de 1665,  el mismo que ahora les otorgaba  tras  su última voluntad. 

Pero podemos decir que a nuestra cofradía y al pueblo de Lucena, dejó en herencia algo más importante; origen y foco de devoción popular, de rostro de mirada fija y penetrante, rebelde pero también misericordiosa que hace inclinar la mirada y sumir en los designios del Padre a aquel que lo contempla; es la imagen de Ntro. Padre Jesús Amarrado a la Columna. 

Este hecho, a la postre relevante, tuvo lugar hacia 1675, cuando siendo Hermano Mayor de la Cofradía de la Veracruz don Luis de Guzmán y Soto, Contador Mayor del Duque de Medinaceli, grande de España influyente en su época, que cinco años más tarde llegaría a ocupar el cargo de primer ministro en el reinado de Carlos II; llegó a Lucena la imagen sin encarnar del Cristo de la Columna obra del imaginero Pedro Roldán.

 Lo trae el carrero Luis García embalado en un cajón de madera, y su sagrada efigie la termina el pintor lucentino Bernabé Jiménez de Illescas, quien completa también la hechura de un palio y techo de palio. Por dicha factura, el notable artista antequerano afincado en Sevilla, recibió la cantidad de 2.750 reales, cifra nada despreciable considerando que los ingresos propios de la cofradía partían de la explotación del corral de comedias de su propiedad.

La imagen de Nuestro Padre Jesús Amarrado a la Columna está inscrita en la Oficina España de Patentes y Marcas.